domingo, 26 de diciembre de 2021

199 Los domingos cavilar Abogados Fernando Merodio 26/12/2021

199 Los domingos cavilar

Abogados

Fernando Merodio

26/12/2021

“Y aunque sin duda, dentro, la sombra de un suspiro / lata bajo esta historia, / por los felices días de aquel verano ido / y el paso de su gloria, / no ajará con su aliento la mágica delicia / que de este cuento brota”. (Lewis Carrol. “Alicia a través del espejo”).

La Constitución de 1978, ilusionante y formal declaración de intenciones en el lento -y sin duda, fallido- viaje desde el fascismo consentido a la democracia, solo cita de forma expresa una profesión: la de letrado, nombre engañoso donde los haya, inexacto en lo -bastante- que yo sé de tal cosa, identificador de lo que el común de los mortales llama abogado, algo tan -solo en teoría- importante como que el fundamental artículo 24 de la “ley de leyes“ lo hace parte de la abstracta, teórica, tan solemne y universal como volátil tutela efectiva del ejercicio de derechos y libertades individuales y de todos, desiderátum que -dicen- se protege con, entre otras cosas, “la asistencia de letrado”, desproporcionada responsabilidad, titánica tarea que supera -con creces- la real capacidad de tales -en la mayoría de los casos livianos- profesionales; ni a dioses y héroes Homero exigió tanto.

El Estatuto General de la Abogacía, norma que -dicen- rige el ejercicio de tal afán, finge aceptar el envite y estar a la altura del reto constitucional con oníricas imágenes que ocultan la cruel realidad y mezclan apetencia utópica y cruel realidad cuando, en su artículo primero, define -sin condicionales- que “la abogacía es una profesión libre e independiente que presta un servicio a la sociedad en interés público y que se ejerce en régimen de libre y leal competencia, por medio de la defensa de derechos e intereses públicos o privados, mediante la aplicación de la ciencia y la técnica jurídicas, en orden a la concordia, a la efectividad de los derechos y libertades fundamentales y a la Justicia” ¡Casi nada!, libertad, independencia, servicio a la sociedad, interés público, ciencia y técnica jurídicas, concordia, derechos y libertades esenciales y, la guinda, Justicia mayúscula; exigencia excesiva para lo que es solo un oficio, trabajo humano; Estatuto es norma que obliga o “statute”, anglosajón, ley que aprueba el parlamento, lo que aquí no ocurre, pues es un mero decreto-ley, simple cacicada política del ejecutivo, mangoneada con otros desde 2013, hasta aprobarla el gobierno el 2 marzo 2021, cuando -con eficaz colaboración silente/cómplice de la “fiel abogacía”, tan fiel al poder, al menos, como la infantería- estaban muy limitados fundamentales derechos ciudadanos; tal Estatuto -dicen- asegura la libre prestación de servicios, el secreto profesional, la -inane- posibilidad de reclamar los colegios al CGPJ, formación continua, transparencia en la -opaca- acción de mutualidad, consejos y colegios, …; es la de (i)letrado/abogado, pues, una profesión, hasta ahí cierto, una tarea retribuida que muchas veces, para algunos, resulta muy exigente y dura, siendo el resto de las anteriores citas de derechos y principios tan reales o falsas como -en el suelo- las aplicadas de forma genérica a cualquier persona, profesión o trabajo.

Se presume que el afán de tal profesión es la Justicia y su artilugio la Ley manejada con -dicen- técnica jurídica, lo que, sin duda, es inexacto y peligroso; la Justicia es institución humana, indeterminada, pervertida con la finalidad de que la usen unos pocos para, con ella, reprimir al resto, por lo que se deberá exigir que Justicia se vincule a igualdad y, pues su búsqueda se inicia en Grecia, lo mismo que la idea de que lo primero es el conocimiento de lo que hay y, a continuación -proponer- la idea en base a la que deberá hacerse algo, todo ello es difícil y equívoco, tanto que en el ejercicio de esa búsqueda de la Justicia se yerra más que se acierta, al contrario de lo que -como Alicia y joven- soñé durante el mágico suspiro que me duró unos años; lo de la Ley, incluso clara, es peor, no precisa que la manipulen, emana del poder omnímodo y, con saña, exige su cumplimiento, sin importar quién o qué caiga.

En España, algunos vivimos el ejemplo cierto de lo que, en la práctica, llegaron a ser Ley y Justicia, así como de lo que, en tal situación, dio de sí la profesión de marras; hemos vivido dos regímenes políticos -que dicen- distintos, con legislaciones diversas, sufrido represión normativa penal, disciplinaria, laboral, política,… permitida por la sociedad, muy dúctil entonces en toda España, en especial en Cataluña y País Vasco; la presión civil, laboral, administrativa, mercantil,… no fue -ni es- nimia, sino orgánica y causa, incluso, años de cárcel a quien hace frente a lo que, siendo legal, es injusto sin que, salvo en pocas ocasiones, los letrados, sus colegios dijeran ni pío, lo mismo que está ocurriendo con lo que dicen pandemia; bajemos, insisto, al suelo.

Decía Nietzsche que los conceptos tienen definición o historia, pero la Justicia, controlada como está, no se puede conceptuar y, así, John Rawls, la analizó desde mil puntos de vista, escribió cientos de páginas sobre ella sin llegar a definirla, pues a cada cual conviene un concepto diferente, haciendo que, a ras de suelo, su historia sea asoladora, un infierno o novela de terror escrita por los amos y sus más cobardes siervos; la Ley, ya he dicho es, más evidentemente lo que el poder quiere y los abogados, vuelvo a ellos, tienen dos caminos: o se pliegan a lo que dice la Ley, sea la que sea para no hacer reales los -falsos- afanes que dicen Constitución y Estatuto, o, con técnica jurídica, buscan la Justicia por vericuetos ajenos a la norma impuesta, al sistema, muy duro, incómodo y, lo peor, no siempre con resultados justos; al final son dos callejones sin salida, cul de sac, una nocturna pesadilla sombría.

Vuelta atrás, al duro suelo, para ver cómo la abogacía es una profesión cierta, con más de mil doscientos practicantes en este pequeño territorio, uno cada menos de quinientos "clientes" lo que, pese a que algunos son asalariados, no “independientes y libres”, no hay tarea para que todos desarrollen la -que dicen- sacrosanta misión, haciendo que muchos tengan que prestar, de modo lastimeramente alimenticio, el servicio público del turno de oficio, no mantenido por el Estado sino por el trabajador, el (i)letrado/abogado, con una normativa laboral más discriminatoria y gravosa que la de cualquier otra profesión, gremio u oficio, no siendo entendible que miembros -y miembras- de tal gremio, todos, acaten ser encajonados, a la fuerza, en un colegio, corporación elitista que creó el fascio, sabor rancio, agrio regusto a otro tiempo, exclusión de vitales exigencias políticas, profesionales, laborales, sociales,… de todos.

Si nos centramos en aquí y ahora, la cosa de los colegios de (i)letrados/abogados, cuya (pre)ocupación es que todos -jóvenes y (muy) mayores- paguen para mantener la excesiva corporación que genera a su dirigencia sinecuras aparentes y tratos, es tan dañina como que quien, diciéndose periodista, es juntaletras y -solo- obedece a quien le paga, tareas ambas privadas, pero con repercusión pública, tan deprimentes como la (in)acción -esa sí, pública- de lloriqueantes funcionarios, pensionistas, enseñantes, sanitarios, …, encabezados por la mercantil clase política, sus elegidos o las simples rémoras; y, siendo que los de "lo público" apenas son exigidos ni tienen -casi- que dar cuentas a nadie, ponen a fin de mes la mano y les cae -mientras hablan de maltrato- un salario muy superior -hoy por hoy en muchos casos- a sus fatigas, méritos y a su -falta de-  respeto hacia el ciudadano que todos los meses -no olvidarlo- les paga para recibir servicios, el (i)letrado/abogado y el juntaletras/periodista son en especial responsables de lo que ocurre en el -muy- grave momento que vivimos de cambio -no solo climático- de ciclo en el que debemos parar los pies a quienes nos han traído hasta el caos, no consentirlos que legislen/negocien/pacten contra el resto con total impunidad y, sustituyendo al atronador silencio de tan esenciales profesiones, hoy deberían exigir que pudiéramos reunirnos libres, no llevar bozal ni tener que demostrar que estamos -quien lo esté, pese a no ser obligatorio- vacunados y callarlos cuando mienten diciendo que lo que hacen, todo, es “histórico”: pactar bagatelas con patronos, subir los salarios un 2% y aceptar, impúdicos, lo que pasa con la luz, no derogar, solo retocar las relaciones laborales, decirnos -mintiendo- que han anulado la -para ellos- útil “ley mordaza”,… ; temas de que debieran hablar periodistas y abogados. No callar.

EL ROTO 24/12/2021

No hay comentarios:

Publicar un comentario