Lo cotidiano 145
Del cobalto y otras atrocidades
Fernando Merodio
21/02/2026
Lo digo dolido, firme desde la
vieja izquierda del país anterior a Begoña/Sánchez, presidentes, propietarios
de un espléndido piso -o dos- pagado con criminal dinero de un proxeneta, con el
número 1 de la policía, tirano contra nosotros en lo de la Covid19, -presunto- violador, un ministro
del interior -y presidentes- que no saben nada, y otro ministro, (des)organizador
-aún más- de la mercantil PSOE, en la cárcel, también esta Rufián -buen nombre-,
oxímoron de nacionalismo marxista/leninista, junto a un pateado por Ayuso y a una
exhibicionista, mujer que grita, mitad una cosa, mitad otra, pretender,
impúdicos, asalariados ricos, manipular desde el poder espurio a la nueva, pobre
-hoy ilusoria- izquierda, tiempo duro en que, mientras debemos soportar el
vertedero de ponzoña en que Prisa ha convertido TVE, ¡lo
peor!, los tribunales dilatan ad nauseam responder/proveer los afligidos escritos que, cándidos, ciudadanos aún
les envían, pese a lo cual hay quien cree -mala fe- que un rayito de -inexplicable
caos entre dos silencios- su vida dedicado a saber un poco de -entre otras
cosas- lo del cobalto de arriba -y pensar en ello algo- sería perder el tiempo…
y no lo pierden.
En la otra, mínima esquina de la -incómoda,
poca- gente honesta, Paul Valéry dejó escrito, “Aquí no me propongo
agradar a nadie”, seria declaración que abre las inconexas, inacabadas, para
alguno mal redactadas 261 libretas de reflexiones, que dicen Cuadernos, 26.600 páginas edición facsímil en las que ponía en marcha
la intelectual potencia de su razón activa para, en belleza, expresar la verdad
pensada durante medio siglo, escrita a diario a la aurora, entre las cuatro/cinco,
y el inicio de su jornada laboral como funcionario que estudió -¡pobre!- Derecho;
es la frase que Pléiade y el traductor Sánchez Robayna usan
para abrir las casi 600 páginas de los Cuadernos traducidos -al fin- a nuestra lengua, elección
magnífica pues el propio autor de El cementerio marino define el cotidiano, disciplinado trabajo que contienen como “elaboración de mí mismo y para mí mismo, más que
preparación con vistas al público”, no era sólo “decir” cosas, era “hacerlas”; “decir” que era “hacer literatura” con
apoyo en un pensamiento potente; declaración de ideas, potencia fáctica.
Humano.
Pensar para decir y hacer, gracias Valery
Tzvetan Todorov, búlgaro, alumno de Roland Barthes, pilar
del estructuralismo francés, abunda en la idea al presentar el libro La
literatura en peligro, convencido alegato sobre que “la
literatura nos ayuda a vivir” y está “profundamente
ligada a la comprensión de la naturaleza humana, pues es la gran fuente de
conocimiento, tanto de nuestras relaciones sociales como de nosotros mismos”, exigencia de ser agresivo frente al acoso a quien hoy
escribe por parte de las muy fuertes presiones del poder real, el delegado
político/mediático o el infame de los “perversos grupos influyentes” de esos críticos que, siervos de otros, apriscan la opinión
social y nos llevan a un estado en que la escritura pierde el afán de ser
literatura para ser interés del poder vicario que vocea/calla a quienes generan
ideas potentes y, a partir de ello, a los que leen, haciendo que el resto
abandone la vana idea de que los -que dicen- intelectuales -y escriben para
otros- tienen -incluso en silencio, por mor de lo escrito- influjo importante
en el devenir de los hechos, maliciosa/boba idea que borra Leonardo Sciascia en
su libro Negro sobre negro con la
metafórica chanza del profesor que, al llegar el primero a clase al alba. lee
en la pizarra una maliciosa/halagüeña/falsa frase: “El
maestro se lo hace con la hija del director”, bajo la cual,
tras un instante de duda, en la entumecida soledad del alba, irónico él añade: “¡Ojalá
fuera cierto!”, lo que no nos debe llevar, sin más, a
la inacción, pues tiene la seria enmienda que tomo del mismo libro: “No haber
hecho nada es tremenda ventaja, pero no hay que abusar”, exige, al menos, pensar.
Otro genio, Goya, toda su larga vida hizo cosas muy dispares,
pintar por encargo retratos de ricos/poderosos, evidenciar que las mujeres
españolas no sonríen, asustar con los “desastres de la guerra” y dibujar, en sus pinturas negras, un cielo vacío o mostrar
que, en las corridas de toros, el placer se une al miedo,..., siendo, en
especial, sugerente la serie de ochenta aguafuertes que tituló Caprichos y sin encargo de nadie, por -en efecto- capricho, decisión
propia, pintó cuando, a partir de 1792 y a causa de una sífilis, del plomo,
veneno en sus colores o no se sabe si por causas síquicas, en medio de fieros
dolores de oídos y cabeza, caía en una oscura sordera; eran cuadros pequeños
que no exigían esfuerzo físico y denunciaban lacras, abusos, maldades en la
España de la época, violencia contra la mujer, crueldad religiosa, de la
Inquisición, la brujería, la nobleza,...,
cuadros aún más didácticos por sus rótulos, textos en el que, mientras
peleaba contra la enfermedad, vivía la pesadilla, luchaba contra la angustiosa
contradicción de que la misma Razón que él festejaba frente al injusto derecho
divino de aristocracia y monarcas o el Ancien Regime, guillotinaba en Francia, baño irracional de sangre, luego
de Luis XVI, a Robespierre, Danton y muchos otros escribiendo Manuela Mena, conservadora
del Museo del Prado, que la forma en que Goya pinta y, sobre todo, graba y diseña
las infinitas variantes de la violencia física, los usos que expresan de
escabroso modo el salvajismo, las coacciones más brutales, lejos de ser opresión
de la razón por el instinto, ponían aquella, como hizo Sade, al útil servicio
de éste y, sobre todo en el Capricho 43, mientras
el pintor, recostado/acosado, dormía sobre su mesa de trabajo, el didáctico
rótulo es aviso de que “el sueño de la razón produce monstruos”; señala el peligro de ceder, no usar la mente y dormir,
pues nos rodean félidos gigantes, agresivos ogros, aves extrañas, murciélagos,...,
algo que años más tarde refuerza la Internacional, al repetir pedagógica y contundente que el camino hacia la
igualdad que la Ilustración demanda va unido, siempre, al trueno humano que es “la razón
en marcha”, opuesto al mundo de Trump y Sánchez el
Malo.
Patricio Lumumba, revolucionario, presidente de RD del
Congo, asesinado por la CIA en 1961
Coda sobre el cobalto y otras atrocidades.- Solo me parezco a Valéry en que escribo porque sí, desde y para mí, porque me place/quiero y solo en último lugar, aunque también me importa, me fatigo en intentar que si algún día alguien deseara leer lo escrito, y lo hiciera, reciba algo, pues, como el suyo a Orhan Pamuk, turco occidental contra corriente, antes de morir, mi padre me entregó una sólida, metafórica maleta llena de notas, manuscritos y cuadernos, al tiempo que, con su habitual aire amargado y bromista, me pedía que lo leyera después que él se hubiera ido, cuando estuviera muerto, evidencia de que, distinto a mí, también estuvo encerrado solitario y serio con la idea de expresar su -forma de- libertad sin más límites o temores que los que a ella impusieron su sinceridad, obstinación y paciencia; muy breve sobre el cobalto por el que -entre otras cosas- luchó sus cortos 35 años de vida contra los cultos, ilustrados belgas… y otros, rebelde, Patricio Lumumba, para decir que me aterra y avergüenza ver lo que -en “La batalla por el cobalto”- veo qué hacen hacer hoy a los -pobres- herederos del revolucionario derrotado, pero a lo que más vueltas doy, lo que más me indigna, de lo que quiero dejar nota escrita es lo cínicos, lo sinvergüenzas, lo canallas que llegan a ser -igual- el plutocrático mundo del loco Trump que el “progresista” -no da para más- de nuestro proxeneta -“que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona”- Sánchez, usando a sus políticos, diplomáticos, sindicalistas, ecologistas, todos subvencionados, para -a cualquier precio- tener un coche eléctrico, un Smartphone, una tableta o cualquier otro -destructivo, inútil- artefacto, así que, para no olvidarlo, ni perdonar a nadie, antes de, ¡cómo añoro a Rosa!, irme -lleno de pena y asco hacia los que conviven con ello- de aquí, veo mil veces sus caras, escucho sus sucias palabras y escribo para mí, hago -mi- literatura.


















