Lo
cotidiano 149
Del
miedo a quienes corren por correr
Fernando Merodio
22/03/2026
Colaborador, cómplice
necesario de Sánchez el aterrador proxeneta Malo, El País, 20.03.2026, primera página: “La guerra dispara el temor a una larga crisis energética” ¿Tanto les
preocupa? ¿No era, acaso, urgente
acabar con el consumo de petróleo?
La
geografía física del estrecho ayuda a ver lo -poco- que importaba que no pasara
el petróleo
Knut
Hamsun, escritor noruego nacido en 1859, Nobel de Literatura en 1920 -¡qué hambre
pasé, joven, leyéndolo!-, juzgado por apoyar al nazismo, inteligente -¡lo era!-
compitió con Sigmund Freud en definir exacto al hombre moderno como enajenado,
angustiado tanto por problemas propios como influidos por -egoísta- temor ajeno,
al describir la intrincada relación psíquica con el entorno social, cultural y,
a partir de ello, lo difícil que es prever nuestras distintas formas de
reaccionar, siendo nítido mi recuerdo del vértigo que me acompañó a principios
de los años sesenta, durante la agitada lectura de una edición encuadernada en
tela marrón de Hambre, que extraía de la biblioteca de mi padre y hoy
honra la mía, mezcla de ira con el hambriento y miedo -supongo- lógico a la
posibilidad de verme, algún día, en situación similar, sensaciones que me
acuciaron el tiempo que usé -pagué caro acercarme a tan exigente novela- para
conocer las desgracias físicas y síquicas del protagonista, joven escritor
idealista, el hambre que -le acusaba yo- él mismo se generaba, sin que una reciente relectura me haya dejado
igual huella de enfado y miedo, sino otras a las que, aquí ahora, mientras
escribo pensando, no doy relevancia y me llevan a Wole Soyinka, nigeriano, primer
negro Nobel de Literatura que, 1986, desnuda el Mal y narra cómo el mundo se atasca,
cada día más, en un “clima de miedo” que -supongo- nace de una influida psique y agitan gerifaltes que,
debiendo protegernos de las causas, empeoran la desgracia con “jeremiadas” -lamentos y muestras falsas
de dolor- como los cuentos de terror sobre la guerra… que cuenta, arquetipo,
Sánchez el proxeneta Malo.
Por
contra, narra Soyinka que el miedo que -dicen- desde el 11-S atenaza a quienes
están abandonando el -leve- tono -aún existente- de la Ilustración hace mucho
que es evidente en África, un miedo -profundo, inducido- que acompaña al
personal temor de cada uno que, sin padre conocido, se hace evidente, cuando,
sea la que sea, una ilógica “autoridad moral” dominante se asienta en algo
-que dicen- superior, como una opresión religiosa/económica o, peor, cuando “el
Estado reniega de sus principios y cultiva el cuasi-Estado”, débil, cuarteado,
sin límites definidos ni responsabilidad, un poder generador -solo- de miedo
que se asienta, según el Nobel, en dos pilares contradictorios, la humillación,
que nos priva de algo tan esencial como la dignidad y nos convierte en “carne
de cañón del ejército del miedo”, hasta el extremo de que a quienes
vivieron y analizaron la extrema humillación que fue el lager, Primo
Levi, Jean Amèry, Imre Kerstèsz,… solo les quede la opción humana del suicidio o,
por contra, la seducción de egoístas bobos que usurpan “poder” como, por
ejemplo, los peores del lager,
que desempeñaban con satisfecha frialdad “su sucio trabajo de
todos los días”, al tiempo
que -incluso- intentaban seducir al resto, siendo simples, siniestros siervos
de todo nivel o grado que -a su vez- seducidos, amenazan convencidos con
sonrisa boba, “os tengo en mi poder y voy a decidir vuestra suerte”,
inseguridad jurídica que disuelve la democracia, el Estado de Derecho.
Homenaje/recuerdo de “aquel” Forges -en ocasiones- tan
blando
Hegel dijo
que el Derecho, especulación teórica, puede ser base de avance hacia una justa
igualdad humana, razonando, por contra, Michel Foucault, como evidencia,
practicón sin base, nuestro sátrapa, desleal alibí, que suele ser tapadera que
posibilite el -más- arbitrario uso del garrote santificado por sus “leyes mordaza”, así que Derecho/Justicia
son cosa flácida -incluso liquida- que oscila entre filosofía y política, subjetiva,
rígida en su uso con(tra) el débil, o dúctil. maleable cuando roza al poder,
ajena a las ideas de Marx, hoy -casi único- ariete contra la frustración apoyado,
nadie lo olvide, en la Idea viva, de la emancipación humana, a la que, caiga
quien caiga, no hay que renunciar pues, argumenta Alain Badiou, frente a la igualitaria,
universal reivindicación justa del marxismo, incluso con su -actual apariencia
de- fracaso, no hay otra respuesta sana a ¿de qué humanidad sería cimiento y
superestructura la teoría capitalista, con un Derecho elaborado/manipulado por
el poderoso o sus egoístas reglas -contables- que imponen la usura como
opresiva y falsa objetividad universal de mercado y moneda, egoísmo tribal
cutre, aquí ahora exacerbado.
De forma
breve escapo y, a modo de -casi lírico- desahogo, busco alivio en Bruno
Bettelheim, psicólogo que, en su conocida obra Psicoanálisis de los cuentos
de hadas, estudió la influencia de los más conocidos cuentos infantiles en
el primer desarrollo, explicando cómo, al leer el niño los cuentos, se
identifica con sus distintos personajes y experimenta los sentimientos que
darán forma a su carácter, no necesariamente como el de sus padres, educadores,
maestros,..., ni el de los contadores o los propios cuentos y, si bien una
lectura reposada colabora a elegir entre los muy variados sentimientos que albergan:
justicia, fidelidad, amistad, valentía, amor,... o el latente miedo que los atraviesa
y el protagonista vence con coraje, intuición, valentía,..., debiendo ser la
elección -que dará sentido a su vida- solo suya, de modo que quien ha sabido
leer cuentos en la infancia encuentra una facilidad añadida para situar sus afectos
en el razonable lugar que marca la -contagiosa- forma de actuar de los personajes
para, en la molesta realidad cotidiana, en nuestro mundo, frente al miedo que
aterra durante el breve relámpago de luz entre dos insondables tinieblas con
que el autor de Lolita identificó la vida, poder aferrarnos a las bellas
estrofas solidarias que, en 1949, caliente aún la vergüenza de la guerra,
escribía Bertolt Brecht en el programa de mano de la Antígona de
Hölderlin, por él adaptada: “El gesto de mirar hacia otro lado me recuerda /
cómo has temido la muerte, aunque / aún más temías / vivir sin dignidad” y,
a partir de ello, fatigarse buscando respuesta ética/lógica a la pregunta de
Kjell Askildsen, noruego como Hamsun, “¿Cuándo llegará una nueva estirpe de
jardineros e ingenieros forestales que talen los grandes árboles que ensombrecen
a los pequeños y limpien los suciedad del árbol de la ciencia?, que exige resistir a la
humillación, perseverar en la dignidad, no dejarse seducir por lo perverso,
disfrutar libre del placentero roce carnal humano y que a nadie daña, salvo al
cobarde o al enfermo, no tener miedo mientras estemos aquí, durante ese ratito,
ser valientes.
El Roto
Pero,
Sánchez dixit, sólo para defenderse
Para
ello es bueno, mientras se pueda, correr por correr cada uno a su modo -largas
distancias, maratones, triatlones, incluso 100 km-, con el esfuerzo del juego que divierte, sin someter el aspecto
lúdico de que disfruta el cuerpo -ni siquiera- a la idea de lograr una buena
forma física, que convertiría el oro del juego en fango de la tarea, viendo -así-
que, como enseñan gran parte de los cuentos de la infancia, elegir tesoros y
éxito en lugar de verdad basada en esfuerzo lleva siempre al fracaso y que,
siendo bueno correr, al hacerlo “se debe
eliminar lo que sugiera practicidad y utilidad; pues lo que hagamos debe ser inútil,
divertido o, de lo contrario, acabaremos no haciéndolo”, siendo clave la
idea de jugar, no correr porque nos parezca práctico sino, al contrario, porque
no lo sea, no hacerlo porque nos haga sentirnos mejor, sino “porque nos interesa y atrae tanto que ni
siquiera reparamos en ello”, como decía Sheehan, que me trasladó la idea de
que esa y no otra es el razón de que hace 10, con 70 años, un cáncer de
próstata que heredé de mi abuelo Fernando y -también- mató a mi hermano menor,
Jose y el síndrome compartimental con que el robot Da Vinci destrozó mi pierna derecha me retirara de, sin otras lesiones,
correr al menos una hora al día disfrutando, de lo que se desprendía -como una
de tantas y tan dolorosas melancolías de la vejez- un imperceptible -e
impagable- impulso para otras cosas menos lúdicas de la vida, adherido a lo que
-no hace tanto- leí a Eugenio Trias, sobre cómo, frente a la “vis inertiae”, a la cómoda tendencia
provocada por el estigma original que describía Leibnitz, “frente a la tiranía de los índices de audiencia y de las grandes
superficies, de la ávida persecución del beneficio rápido y del best seller, o
del culto indiscriminado a la cantidad por encima de la cualidad, se va
propagando una onda expansiva de pequeños universos de afición, de curiosidad y
aventura”, sabiendo que correr por correr, sin objetivos, porque nos gusta,
es uno de ellos.
Coda sobre el miedo a quienes corren marathón.- La marathón corrida por correr es carrera larga, dura, agotadora que genera un cansancio hondo, denso, húmedo y cala hasta los huesos, una carrera, pese a ello, muy divertida; correr para ganar es otra cosa, exige competir con reglas exactas, objetivas, prefijadas, medidas -demasiado- por expertos, entrenadores que valoren el entrenamiento o -siempre el dinero- “mecenas” que, porque pagan, vigilan, no es correr por correr, es exigencia, ejemplar metáfora de lo no lúdico, fatigoso, de esa -gran- parte de la vida que no es juego, exigencia de ganar al otro, perder kilos de grasa, mejorar el cociente altura/peso, marcar los abdominales que corriendo por correr se difuminan; es, pues, fatiga que, a días de ser -cronológicamente- octogenario me atrae por solidaridad práctica y me hace olvidar el juego que, ¡ay, la pierna!, me dejó y usar la fortaleza y el fondo que adquirí corriendo mucho por correr para competir de nuevo, volver al circo, exigir cuentas, pasar facturas no cobradas, cobrarlas, hacerlo con disciplina hasta el mutis por el foro en que -una vez y sin que sirva de precedente- me retire al sereno refugio donde me espera Rosa, junto a la que -ella a su modo- disfruté tantas carreras por correr el New York City Marathon, para acabarlo siempre, similar a lo que, con belleza poética, cantó Springsteen: “Algún día, no sé cuándo, / alcanzaremos ese lugar / al que deseamos llegar, / y caminaremos por el sol. / Hasta entonces, cariño, vagabundea con nosotros. / Hemos nacido para correr”, con la seria convicción de que, acompañados -siempre- por música y miles de amigos como Sheehan, con fuerte coherencia, se acaba corriendo con otros objetivos por mundos devastados, como Minneapolis o éste de Sánchez, y eso sí que genera -en los miserables- miedo.



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