Lo cotidiano.137
De pensar, las palabras
y lo que hay detrás
Fernando Merodio
27/12/2025
Esto va
de predicar y dar trigo, Hanna Arendt hablaba en “La acción humana” de vida contemplativa o activa, decía que las dos
son dignas, cada una con su valor, distintas pero equiparables y señalaba tres
actividades naturales de la segunda: 1) labor,
que sustenta el proceso biológico de la vida, 2) trabajo, que crea el mundo humano y 3) acción que, usando instituciones y método, incide en lo político y
provoca cambios de orden socioeconómico; esta tercera, la acción, necesaria para construir el mundo político, justo o
injusto, igualitario o con privilegios, es la única que exige presencia de
otros y tiene un desarrollo público, pudiendo ser 1) política que, ordenada y dentro del sistema, se dirige a construir,
modificar, desarrollar, defender, atacar, incluso destruir el orden establecido
o 2) directa que, disconforme, usa medios
y hábitos no políticos, incluso violentos; la acción política es -o, al menos,
debe ser- trascendente para que funcione la -que dicen- democracia, sistema utópico
en que la soberanía reside -dicen también- en el pueblo que la ejerce para él,
por sí o por representantes, siendo en ella, también utópicos, elementos exigibles:
1) participación, en forma de
discusiones, decisiones y acciones colectivas en el espacio público, 2) pluralidad, que hace que aquella sea
real y 3) libertad para luchar por lo
bueno/justo para el grupo; a partir de ello -y otras cosas- es preciso saber
valorar que, por efecto de la acción, se producen los cambios sociales y, de
ser preciso, es posible desarrollar una política/participativa que construya
una sociedad más justa y eficaz.
El Roto 21.12.2025
Radicalmente
rechazable forma actual de la acción política
Si, a
partir de lo anterior, tasamos la “progresista”
política actual de -sin acción conexa- palabras y su tramposo valor filosófico
voceado -entre otros sitios- en -libelo, oscuros fondos, sucio dinero, franco-armenio
Oughourlian- El País de, al azar,
23.12.2025, encontramos sin buscar las prédicas de dos opinantes habituales, entre
sí conexos y, de una u otra forma -dicen que- filósofos, Diego S. Garrocho, que
critica “La paradoja de Sumar” y
Daniel Innerarity, que afirma que “Pensar
cansa, por eso el escándalo gobierna el debate” y si, en efecto, nos
cansamos un poco pensando con Arendt en lo que ellos dicen, podremos desatar algo,
no cortarlo, el gordiano nudo con que Sánchez el -genéticamente- Malo nos
amarra a una evidente forma de locura que, alejada de viejos -más o menos-
sabidos conceptos como los de las clases sociales -y su lucha- o el -traicionado-
socialismo marxista, nos arroja a esa caverna del lenguaje perverso que ahora
dicen “progresismo” o “fuerzas progresistas”.
Simplifica
mucho Garrocho, profesor de Filosofía Moral, al decir en referencia a las
sumisas huestes de Sumar/Yolanda Díaz
que, desde Aristóteles como poco -y hoy Arendt- “la política es una disciplina comprometida con la acción” y que “en un mundo en que lo hemos llenado todo de
palabras”, la vicepresidenta -lo que, sin duda, mejor la define- “parece confiarlo todo al poder de las
enunciaciones”, para concluir que “refugiarse
en un lenguaje sofisticado, no hacer nada y preservar la posición es un gesto
insoportablemente conservador”, olvidando entre otras cosas que, dijo
Virgilio, ”la fortuna favorece a los
valientes”, haciendo ello que -con olvido por Garrocho de muchas razones
más prolijas/serias- Sumar esté “a punto de sacrificar todo su futuro”.
El Roto 16.12.2025
Esto
es lo que pasa por, entre otras cosas, lo que dice Innerarity sobre que pensar
cansa
Equiparable
a él, afirma en el mismo libelo y día Daniel Innerarity, catedrático de
Filosofía Política en Ikerbasque que,
pese a vivir en una democracia -insisto, para él- consolidada, “buena parte de la prensa -¿su panfleto?-
alienta cada día la sustitución de lo
político por lo penal, de lo estructural por lo episódico, del debate sobre el
rumbo colectivo por el morbo sobre comportamientos individuales”, culpando
de ello a que, mientras “leemos o
escuchamos con avidez esas noticias” -¿las suyas?-, apenas atendemos a las sesudas explicaciones”, o sea, no pensamos…
lo que él quiere y, a partir de la radical -poco empírica- tesis de que “el material humano iguala a todos los
partidos; lo que les diferencia son las políticas que promueven”, no
explica que esos partidos que -según él- “promueven
las políticas” deben ser -para tener sentido- sus palabras convertidas en
efectos/hechos concretos, producto de la acción política que Arendt dice
imprescindible y, al contrario de lo que predica en el libelo sobre el -que llama-
“rumbo colectivo” como algo
férreamente vinculado a lo que se dice/ofrece y no como sólidamente atado a los
-reales- efectos de las “acciones
individuales” de -lo que Innerarity llama- su “material humano” o -yo digo- sus miembros, o sea, las gerencias de
las mercantiles a que hoy han devenido los viejos instrumentos de lucha que Marx
y otros llamaron “partidos”, por lo
que me parece que, además de controlar su “material”
dirigente y valorar las disparidades existentes entre lo que -sin garantía, fácil-
predican/prometen tales empresas/partidos y alborotan/venden con altavoz sus
interesados fieles, o sea la calidad/cantidad real del trigo que -en efecto-
reparten, para tras ello -pensado con sosiego- aunque se enoje algún “filósofo”, aplicar con dureza el Derecho
penal a la deslealtad “política” tipificada
de quienes, voluntaria, gustosa y libremente se han postulado para
representarnos o, más exacto, para, abusando, decidir por nosotros; resumiendo,
lo que dice Garrocho vale para otros que Sumar
y solo es estructural, político lo valorado tras el exigente tamiz de la
acción.
El Roto 08/12.2025
Y,
por subvertir el orden que oprime, solo nos dejan pensar en las alcantarillas
Coda
subterránea sobre el “Viejo Topo” que
socava la estructura capitalista.- El 14 abril 1856, 90 años justos antes de
que yo naciera, Karl Marx pronunciaba en el cuarto aniversario de “People’s paper”, periódico -con el que colaboró
junto a Friedrich Engels- cartista -hasta que cayó en manos de la hábil
burguesía-, el discurso que, por su -para mí- serio interés reproduzco, por si
-a su vez- interesara a alguien más:
“Las
llamadas revoluciones de 1848 no fueron más que pequeños hechos episódicos,
ligeras fracturas y fisuras en la dura corteza de la sociedad europea.
Bastaron, sin embargo, para poner de manifiesto el abismo que se extendía por
debajo. Demostraron que bajo esa superficie, tan sólida en apariencia, existían
verdaderos océanos, que sólo necesitaban ponerse en movimiento para hacer
saltar en pedazos continentes enteros de duros peñascos. Proclamaron en forma
ruidosa, a la par que confusa, la emancipación del proletariado, ese secreto
del siglo XIX y de su Revolución.
Bien es verdad que esa
revolución social no fue una novedad inventada en 1848. El vapor, la
electricidad y el telar mecánico eran unos revolucionarios mucho más peligrosos
que los ciudadanos Barbés, Raspil y Banqui, a pesar de que la atmósfera en la
que vivimos ejerce sobre cada uno de nosotros una presión de 20000 libras ¿Acaso
la sentimos? No en mayor grado que la unión europea sentía, antes de 1848, la
atmósfera revolucionaria que la rodeaba y presionaba sobre ella desde todos los
lados.
Nos hallamos en
presencia de un gran hecho característico del siglo XIX, que ningún partido se
atreverá a negar. Por un lado, han despertado a la vida unas fuerzas
industriales y científicas de cuya existencia no hubiese podido sospechar
siquiera ninguna de las épocas históricas precedentes. Por otro lado, existen
unos síntomas de decadencia que superan en mucho a los horrores que registra la
historia de los últimos tiempos del Imperio Romano. Hoy día, todo parece llevar
en su seno su propia contradicción. Vemos que las máquinas, dotadas de la
propiedad maravillosa de acortar y hacer más fructífero el trabajo humano
provocan el hambre y el agotamiento del trabajador. Las fuentes de riqueza
recién descubiertas se convierten, por arte de un extraño maleficio, en fuentes
de privaciones. Los triunfos del arte parecen adquiridos al precio de
cualidades morales. El dominio del hombre sobre la naturaleza es cada vez
mayor; pero, al mismo tiempo, el hombre se convierte en esclavo de otros
hombres o de su propia infamia. Hasta la pura luz de la ciencia parece no poder
brillar más que sobre el fondo tenebroso de la ignorancia. Todos los inventos y
progresos parecen dotar de vida intelectual a las fuerzas materiales, mientras
reducen a la vida humana al nivel de una fuerza material bruta. Este
antagonismo entre la industria moderna y la ciencia, por un lado, y la miseria
y la decadencia, por otro, entre las fuerzas productivas y las relaciones
sociales de nuestra época es un hecho palpable, abrumador e incontrovertible.
Unos partidos pueden lamentar este hecho; otros pueden querer deshacerse de los
progresos modernos de la técnica para verse libres de los conflictos actuales;
otros más pueden imaginar que este notable progreso industrial debe
complementarse con una regresión política igualmente notable. Por lo que a
nosotros se refiere, no nos engañamos respecto a la naturaleza de ese espíritu
maligno que se manifiesta constantemente en todas las contradicciones que acabo
de señalar. Sabemos que para hacer trabajar bien a las nuevas fuerzas de la
sociedad se necesita únicamente que éstas pasen a manos de hombres nuevos, y
que tales hombres nuevos son los obreros.
Éstos son igualmente un
invento de la época moderna, como las propias máquinas. En todas las
manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la
aristocracia y de los pobres profetas de la regresión reconocemos al buen amigo
Robin Goodfellow -ser
de la creencia popular en los siglos XVI y XVII-, al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta rapidez, a ese
digno zapador que se llama Revolución.
Los obreros ingleses
son los primogénitos de la industria moderna. Y no serán, naturalmente, los
últimos en contribuir a la revolución social producida por esa industria,
revolución que supone la emancipación de su propia clase en todo el mundo y que
es tan universal como la dominación del capital y la esclavitud asalariada.
Conozco las luchas
heroicas libradas por la clase obrera inglesa desde mediados del siglo pasado,
y que no son tan famosas por haber sido mantenidas en la oscuridad y
silenciadas por los historiadores burgueses. Para vengarse de las iniquidades
de las clases gobernantes en la Edad Media existía en Alemania un tribunal
secreto llamado ‘Fehmgericht’. Si alguna casa aparecía marcada con una cruz
roja, el pueblo sabía que su propietario había sido condenado por Temis. Hoy
día, todas las casas de Europa están marcadas con la misteriosa cruz roja. La
Historia es el juez y el agente ejecutor de la sentencia es el proletariado”.
Es muy
sencillo, si antes de, imprescindible, actuar nos fatigamos pensando un poco, todo
resultará -aún- más evidente que aquel 14 abril 1856 en que Karl Marx explicaba
lo del Viejo Topo, pues la
contradicción entre técnica productiva e igualdad justa es hoy tan enorme como
cierta.
Karl
Marx y Mijaíl Bakunin















